LA ISLA DE LOS MUERTOS.

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Almas desperdigadas por el mundo, moviéndose con el viento, habitando lugares fijos y dejando estelas de brisa. Mi padre decía que todos los seres tienen alma, también los animales; quizá del alma se desprenda la piedad… Sólo sé que la fatiga no cuenta para quien está decidido y que hasta puede convertirse en su mayor fuerza. (Cuando yo me fui de casa no hubo nadie para preguntarme a dónde me dirigía.)

¿A quién le importa perder el rumbo cuando nada se pierde, cuando el presente es lo único que existe? 

Alguien me habló de este lugar, aunque no recuerdo quién. Entonces leí que en 1858 Green Rusell y Sam Bates, dos buscadores de oro, se aventuraron por estas tierras. Al parecer hallaron algunas onzas y dicen que así empezó la “fiebre del oro”. Quién sabe, yo imagino que muchos se habrán sacrificado por el oro; los imagino luchando contra otros o contra sí mismos por conseguirlo.

Nada persigo, ningún objetivo. Hace tiempo me mueven otras razones, no creo que el esfuerzo aplicado en algo deba retribuirme alguna cosa concreta. 

Sólo me acerco a los pueblos si necesito provisiones o dinero. Para estar aquí no es preciso mucho, mis ahorros bastan y mis alquileresson de uno o dos días al mes. Antes disfrutaba un poco de las atracciones de las ciudades pero ya no, quizá nunca me atrajeron lo suficiente, quién sabe. Como sea, es una suerte para mí; sí, creo que es una suerte.

La fatiga no cuenta para quien está decidido y hasta puede convertirse en su mayor fuerza.Cuelgo mis cosas de los árboles, un poco por la lluvia y otro poco por los animales. Llevo una mochila, un mapa, una brújula, una especie de diario, una olla, gas, algo de ropa y comida, una tienda, un saco de dormir, un cuchillo, una linterna…  pocas cosas, las necesarias. Ah, también un teléfono para urgencias: se lo prometí a mi madre. Pero a veces no hay señal o yo mismo lo apago. Se han roto muchos teléfonos, algunos por golpes, otros se han mojado. Hubo teléfonos que se salvaron pero muchos se ahogaron.

Siempre que me llevan me preguntan a dónde me dirijo. Yo les respondo “hacia adelante”. Al llegar a un punto que me llama la atención, les pido que me dejen y continúo yo solo. 

Javier Schenck

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