PREAMBULO.

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A la pregunta de si era posible que una fotografía (la impresión de la luz captada a través de un aparato mecánico y plasmada en un soporte) pudiese contener imaginación, significado, personalidad y, en resumen, alma, se ha respondido de la forma más cabal e incuestionable: con fotografías. Muchas de estas demostraron –lo siguen haciendo– que más allá del poder del artilugio o de la maravilla de la máquina, están la pericia y la visión del ejecutante. Durante las interminables charlas que he mantenido con Ricardo Miras sobre la fotografía, dedicamos mucho tiempo al asunto del soporte analógico, de todos los pros y los contras que tiene el analógico en contraposición al digital. Pero ante todo hemos hablado del romanticismo que ocurre cuando una película es impresionada, despertada por el instante en que se la golpea con la luz, ese fenómeno que nos enseña el mundo. Tal vez sea eso una buena fotografía: la posibilidad de detenernos ante el misterio de un instante y contemplarlo.

Definir la obra de un artista en pocas líneas, más aún cuando ese artista es también un amigo, me supera rotundamente. Componer un preámbulo para esta serie de fotografías analógicas de Ricardo Miras (las más personales, las que viene haciendo desde hace años alrededor del mundo y por puro gusto o necesidad o… ¿porque eso lo que hacen los fotógrafos?) es algo difícil, sino imposible para mí. Sólo puedo conformarme aduciendo que en ellas aparecen melancólicas ciudades, inquietantes ventanas, sonoros espacios y árboles cuadrados, inmensas porciones de cielo y habitaciones en ruinas, imágenes dobles que recuerdan películas como “Berlín, sinfonía de una gran ciudad”, y encuadres que sacuden la “sección áurea” sin que ésta pierda el equilibrio. Y espacios vacíos, vacíos de personas pero que sugieren personas.

Una vez tuve el privilegio de acompañar a Ricardo en una de sus aventuras con la cámara; íbamos por una carretera desierta, en las afueras de Madrid. Cuando encontraba algo que le llamaba la atención, Ricardo detenía el coche y lo aparcaba torpemente a un costado; después abría la puerta y salía presuroso hacia su objetivo. Cada una de las veces, al acercarse y mirar a través del visor, se demoraba largo rato antes de decidirse a disparar. No pocas veces volvía al coche con las manos vacías o, mejor dicho, con el fotograma virgen. Ese fotograma, como Ricardo Miras, esperaba el momento adecuado, la porción de mundo que sin duda recibiría oportunamente.

Javier Schenck